0%
Still working...

Felisberto Hernández  y el excecrable desprecio

Por Luis A. Fleitas Coya

          Si hay alguien que desconcertó y que recibió los peores augurios de la crítica de su época, fue Felisberto Hernández. Tuvo, es cierto, sus panegiristas y promotores como José Pedro Díaz, Ángel Rama, Alberto Zum Felde, Sara de Ibáñez, Jules Supervielle, y existe en la crítica actual la tendencia ya casi unánime de considerarlo como el escritor singular que es, pero los más notorios y vituperables galardones se los llevan quienes durante su vida y mientras su obra se iba publicando, hicieron lo imposible por sepultarlo y hundirlo en las ciénagas del menosprecio.

          Mario Benedetti estrictamente no integra la caterva de detractores pero su posición ilustra sobre los prejuicios que había en los círculos intelectuales y literarios contemporáneos a Felisberto Hernández.  En el breve ensayo de 1961 “Felisberto Hernández o la credibilidad de lo fantástico” (Literatura uruguaya Siglo XX , Ed. Alfa, sin fecha), realiza un acertado repaso de las principales claves del autor como el humor, el absurdo, los símbolos sexuales,  sus puntos de contacto con Kafka, Borges y Macedonio Fernández, y ensalza los relatos de La casa inundada y de Nadie encendía las lámparas,  pero no deja de incurrir en el desdén de considerarlo  “un alma ingenua y decidida, que habla de los tabúes con la misma naturalidad que si se tratase de lugares comunes”, y ensaya la “interpretación personal” de que solo se trata de un humorista con una deliberada estrategia de sembrar claves “destinadas a  apuntalar las más clásicas interpretaciones psicoanalíticas”. En suma, solo una suerte de Roberto Barry astuto y con pretensiones en clave freudiana.

          El más rancio de los defenestradores fue sin dudas Emir Rodríguez Monegal.  Y vaya lo de rancio no por abolengo sino por su especial saña.  Basta citar la enumeración oprobiosa que hace de los a cada cual peores defectos del escritor tales como  inmadurez infantil, vulgaridad, lascivia, y otras perlas por el estilo, en su análisis de “Nadie encendía las lámparas” (Revista Clinamen, Montevideo, año II, número 5, 1948, págs. 51-52).  Llega a decir que Felisberto Hernández carecía de los límites de la sobriedad o el ingenio,  que detrás del escritor había un niño que nunca maduró para la vida, ni para el pensamiento, ni para el arte ni para lo sexual, y que esa inmadurez se extendía al habla pues no lograba organizar adecuadamente la comunicación ni la fluidez de sus experiencias. “Toda su inmadurez, su absurda precocidad, se manifiesta en esa inagotable cháchara, cruzada (a ratos), por alguna expresión feliz, pero imprecisa siempre, fláccida siempre, abrumada de vulgaridades, pleonasmos, incorrecciones”, sostiene el desaforado crítico en su imparable arremetida ridiculizante y destructora.  Es cierto que sobre el final de sus días Rodríguez Monegal trató de atemperar sus opiniones diciendo que él había sido el descubridor de Felisberto Hernández, y que nunca había escrito una sola línea en contra suya (entrevista de 1985 de Roger Mirza a Emir Rodríguez Monegal publicado en La Semana del diario El día, noviembre de 1985, citado por Roger Mirza en “Emir sobre Rama y otros”, El País Cultural, Año 5 Nº 207, 22/10/1993).  En un muy fundado estudio, Claudio Paolini (Felisberto Hernández: Escritor maldito o poeta de la materia, 2003, Espéculo, Revista de Estudios literarios, Universidad Complutense, Madrid) sostiene que estas declaraciones implican enterrar el pasado y aceptar definitivamente la obra de Hernández por parte de Rodríguez Monegal. Por mi parte disiento con el ensayista, pues las palabras de Rodríguez Monegal en la entrevista suenan, cínicas y soberbias, a excusa tardía y a imposibilidad de admitir y enmendar, más que errores, afrentas mayúsculas.   

          Carlos Martínez Moreno, sobresaliente intelectual de la generación del 45, abogado penalista de nota, y escritor culto y barroco, no le queda en zaga.  En “Un viajero falsamente distraido” (Revista Número, Montevideo, 2ª época, I, número 3-4, mayo-junio 1964, págs. 159-171) sostuvo que la forma de escribir de Felisberto Hernández no es si no “inocentadas consentidas por el narrador sin mayor rigor crítico de la vida”,  “tonterías comatosamente pueriles”, “éxtasis simplote”, “arrobamiento cándido”. Sostiene que el escritor describe las cosas elementales a las que  “trata de conferirles una tercera dimensión que a menudo no tienen”,  y que incluso en  el conocido pasaje de “El caballo perdido” en el que describe la sala de la casa de Celina, la profesora de piano, “las sillas enfundadas tienen polleras que el narrador niño levanta, con inepta y obscena ingenuidad”.  Concluye que el autor trata de “disimular sus ingenuidades reales en una trama de ingenuidades deliberadas”.  En pocas palabras,  Felisberto Hernández no sería más que un inocentón, tonto y pueril, simplote, cándido, hábil farsante y disimulador de pavadas tras un aire de trascendencia filosófico.

          Por último, un texto de Ruben Cotelo: “Retorna Felisberto Hernández con su habitual carga onírica, de oscuros y hasta desagradables símbolos sexuales (…) Hay algo perverso en sus cuentos, una sustancia casi viscosa al tacto que no empuja hacia el entusiasmo” («Felisberto Hernández. La casa inundada”, Alfa, Montevideo, 1960, en el diario El País, Montevideo, 28/11/60).  Y para que no queden dudas: “El desagrado que provocan muchas de sus fantasías proviene en buena parte del estado sutilmente grosero en que se presentan: se toca y se ve junto con el autor. A esta altura del siglo estamos curados de espanto en asunto de perversiones; lo reprochable consiste en que se nos haga partícipe de ellas («Como en el Test de Rorschach«, en El País, Montevideo, 19/1/61, artículo acerca de La casa inundada, Alfa, Montevideo, 1960).

          Queda uno impresionado frente a tales denuestos frontales y demoledores, y además por provenir de quienes provenían. Aquellos que no hayan leído la obra de Hernández y solo la conocieran a través de esas opiniones pensarían sin lugar a dudas que están frente a un desastre, a un atropello a la creación y a la estética literaria. ¡Cuánta falsedad por parte de un tonto que intentaba pasar por escritor!  

          Pero afortunadamente  los lectores no son autómatas teledirigidos por  omnímodos críticos que pretenden erigirse en oráculos del mundillo literario de su tiempo, sino que los lectores de todas las épocas leen, han leído y seguirán leyendo para su gusto y deleite, con toda la independencia que les da su propio entendimiento, y paradójicamente, los que resultan muy mal parados a la postre son los pedantes y altaneros que incurrieron en la indecencia de semejantes dislates despectivos.  A la luz de la historia literaria, parecería que el miope y torpe propósito de esos críticos hubiera sido que  los lectores huyeran despavoridos  y que jamás abrieran siquiera un libro del mequetrefe pianista metido a escritor. 

          Al final puede el lector de estas líneas preguntarse lícitamente si habría algo de cierto en esas críticas o no,  y cuál es la verdad que se encuentra cuando se accede a la obra de Felisberto Hernández.

          A mis trece o catorce años encontré una selección de cuentos de Felisberto Hernández en casa de un amigo. No recuerdo si yo ya conocía algo de él o si me llevé el libro nada más que por mi voracidad lectora de entonces. Cuando llegué a casa y me puse a leerlo en el comedor, mi padre me vio y se sorprendió. ¿Estaba leyendo cuentos de Felisberto Hernández?, era un escritor muy bueno aunque raro, -dijo-. Había vivido  en Treinta y Tres y andaba por los pueblos dando conciertos porque era pianista.  Fueron los primeros datos que tuve. Como por entonces yo vivía en un pueblo muy cercano a Treinta y Tres, y como la figura de músicos o pianistas deambulando y tocando por pueblos del interior me era harto conocida, toda esa familiaridad me predispuso a la lectura ávida de los cuentos. Sin embargo, no resultó como yo pensaba. Entendí poco y nada. Solo me interesaron algo dos cuentos, El cocodrilo, y El acomodador (mi padre me recomendó Muebles “El Canario”). Pero todo el conjunto me resultó embarullado y confuso, la falta de estructuras lógicas, las desviaciones narrativas, las difíciles reflexiones y análisis, la ausencia de asunto, anécdota o tema central, la presencia de anécdotas rotas, fragmentadas o deshilvanadas. Todo me chocó. Acostumbrado a devorar novelas enteras en pocos días aquella lectura de textos difíciles, breves y ásperos, me resultó exasperante.  Evidentemente Felisberto Hernández no estaba aún a mi alcance, aunque no caeré en la falsedad de afirmar que no entendí nada. Sí puedo decir que pasó ante mis ojos un tanto indescifrable, aunque en cierto modo intuible. En esa primera lectura algo me tocó de la fibra de Felisberto, había cosas que quedaban, como el misterio,  su lenguaje,  lo incomprensible. ¿Cuáles serían las claves para entenderlo? De ese primer encuentro puedo decir con certeza que Felisberto Hernández no me sedujo ni me atrapó.  

          Felisberto Hernández no es un autor fácil y mucho menos  para chiquilines. Se necesita otra edad y otra extensión de la capacidad sensible e intuitiva para poder asimilar lo que subyace debajo de sus textos como la poderosa sexualidad (Nadie encendía las lámparas, El balcón, El comedor oscuro y también en El caballo perdido),  las búsquedas introspectivas de sus textos mayores como Por los tiempos de Clemente Colling, la belleza poética de su narración a la par de su paralelo y sin igual humor irónico y a veces hasta grotesco.  Más allá que pueda haber leído algún cuento aislado por acá y por allá, el impacto me llegó algunos años después, ya en Montevideo, cuando leí  entero todo  Nadie encendía las lámaparas, libro mayor si los hay, y poco después El caballo perdido, maravilloso libro que me sigue conmoviendo cada vez que vuelvo a releer sus páginas.  Leí también sus primeros textos, así como  La casa inundada, Tierra de  la memoria, y Las Hortensias, aunque éste último no solo nunca me gustó sino que me produjo un pésimo y nocivo efecto de saturación, al punto que solo muchos años después pude leer en su totalidad otro  extraordinario libro,  Por los tiempos de Clemente Colling.

          A mis veintitrés años participé en un seminario sobre Felisberto Hernández y llegué a escribir incluso una monografía o trabajo de análisis literario lleno de ambición y entusiasmo.   A esta altura se me han pasado las fiebres de ensayista literario, y  lo que puedo decir con total certeza y convicción es que leer a Felisberto es encontrarse con un escritor mayor. Y por añadidura, en lo personal,  al que no poco le debo, pues fue uno de los primeros autores con el cual, leyendo sus intrincados textos, comencé a vislumbrar  los caminos penumbrosos  y casi  ininteligibles de la deconstrucción y reelaboración de la realidad a través de la escritura.

          El tiempo, ese devenir que transcurre y que nos apesadumbra, por lo menos tiene la ventaja  –a veces-  de poner las cosas en su justo lugar. Es hora de pasar  raya, con sumo placer.

          Más de medio siglo después,  Carlos Martínez Moreno se ha transformado en un autor solo leído por conocedores, y  Emir Rodríguez Monegal y Ruben Cotelo son  críticos que solo releen los especialistas.  Todos, autores para minorías, relegados y sepultados por el paso de las décadas.  Las nuevas generaciones de lectores ignoran por completo sus recetas y sus denuestos y las de similares sacerdotes augures, aduaneros de la literatura al decir de Jorge Luis Borges, y siguen en cambio leyendo con fervor y admiración a Felisberto Hernández, cuyos libros se continúan reeditando una y otra vez aquí y allende los mares.    

          Lo lamentable es que Felisberto Hernández, -nacido en 1902 y muerto de leucemia en el Hospital de Clínicas en 1964 a sus sesenta y un años-, no haya vivido para verlo y haya tenido que morirse  con el dolor de ese desprecio con el que fue tan injustamente tratado en vida.


Publicado originalmente el 23/12/2017 en Semanario Arequita, y en el portal cultural Granizo.uy

Dejar Comentario

Recommended Posts