Epigrafías y apuntes en el día del libro
Luis A. Fleitas Coya
- Poco ya se lee pero los libros aún duelen.
No es fácil encontrar a alguien que haya leído algo últimamente; y menos aún a quien comentar libros. Salvo las excepciones. Viejos lectores de otrora -camaradas de discusiones eternas y lecturas efervescentes-, van rindiendo sus armas; los jóvenes sucumben frente a los encantos de los formatos audiovisuales, las series, Netflix. Se argumenta que ahora no hay tiempo para la lectura como lo había antes (¿antes, cuándo?, pregunto), pero al mismo tiempo se escuchan las historias cotidianas de quienes se compenetran tanto con las series televisivas que pueden pasarse horas viendo temporadas enteras de un tirón, una noche entera o encerrados todo un fin de semana.
Asumamos que no es tiempo lo que falta, sino lisa y llanamente interés por la lectura. ¿Afecta tanto el amor propio confesar ese virus instalado en el citoplasma de la sociedad contemporánea, asumir la inercia, la dejadez intelectual, o lo más preocupante, el retroceso a primitivas fases de incultura?
Si lo afecta, por lo menos los libros todavía duelen.
2. Hablemos fuerte, apuntemos alto.
Quienes deberían dar el ejemplo, profesores, escritores, intelectuales, profesionales, padres, ¿leen como deberían, leen a los escritores coetáneos, conocen la literatura nacional que se escribe?
Preguntemos, simplemente.
3. El libro en papel ya es cosa muerta.
La posibilidad de almacenar innumerables volúmenes en archivos digitales que se cargan en pequeño dispositivos electrónicos, permite leer lo que se quiera y donde se quiera. Sospecho que quienes dicen llevar consigo en esos aparatitos 2.500 o 3.000 volúmenes, lo hacen solo por la vanidad de decirlo pero no por el uso de esas enormes bibliotecas intangibles que solo se portan como trofeos por ejecutivos del intelecto. Quienes verdaderamente leen y adoran los libros y las bibliotecas, se pasean entre las altas paredes tapizadas de páginas, lomos y portadas, hojeando los bellos dibujos, sus carátulas, los títulos admirados o desconocidos, las joyas que relumbran aquí y allá, los sonoros nombres de autores que obligan a descifrarlos en voz baja o entre dientes, como si se invocaran deidades.
4. La cultura de hoy se trasmite por imágenes.
Está bien, perfecto, todos lo hacemos: somos fanáticos del cine, de la buena televisión, de lo que puede consumirse vía informática, o vía internet, o vía celular. Pero nada desplaza la emoción de abrir una página y encontrarse con “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
Nada.
5. Leer es aburrido, hay que convencer que es divertido.
Cuando se escuchan esas prédicas a veces da rabia, a veces pena, a veces lástima; pero lo peor es ahogarse en la solemnidad y en el lamento. Mejor es reírse solo mientras recuerda uno lo feliz que fue leyendo los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga, El libro de la selva de Kipling y también y a su vez lo felices que fueron nuestros hijos cuando se los leímos, o cuando leyeron ellos mismos La tortuga gigante, El paso del Yabebirí, El loro pelado, las historias de Mowgli.
Le paso la receta gratuita a quienes no saben cómo hacer con sus hijos. Si la receta no les resulta, seguro que no es por la receta.
6. Más que una excepción, un milagro.
Antonio es el portero del edificio en el cual tengo mi estudio. Sobrelleva sus ocho horas escuchando música y leyendo. Lee y lee y de todo, desde Steinbeck y Onetti, a Juan Rulfo, Faulkner y Paco Espínola. Compra libros usados en la feria, bien baratos, y tiene siempre dos o tres opciones sobre su escritorio. Todo le interesa y si es buena literatura, mejor. De entre sus últimas adquisiciones, que siempre me muestra, le recomendé La línea de sombra de Joseph Conrad, pero el moroso enfrentamiento con un tifón de un capitán en su primer mando de un barco por los mares de la China, fue demasiado para él.
A un gran lector todo se le perdona.
7. El libro, solo un texto, acaso un paratexto, meras palabras impresas sobre papel.
Sí, pero sus reverberaciones son para toda la vida. Sigue latiendo dentro de nuestras emociones, se incorpora a nuestro intelecto; a veces soñamos con esas historias leídas hace tanto tiempo que ni siquiera logramos recordar bien. A veces ecos de la memoria las traen a colación subrepticiamente en ondas espaciadas. Como el sol que se alzaba sobre las islas más bellas de la tierra cuando el día ya era viejo (Los mares del sud, Cesare Pavese), como la conciencia engañándose a sí misma en la agonía (El puente sobre el Río del Buho, Ambrose Bierce), como la metafísica y la vida cotidiana que transcurre (Tabaquería, Fernando Pessoa), como el final de Adiós a las armas que Hemingway confesó haber escrito 28 veces, como el sueño que Santiago Nasar tiene la madrugada del día que lo van a matar (Crónica de una muerte anunciada, García Márquez).
8. Efecto mariposa.
Las lecturas dan lugar a conversaciones. Las conversaciones a reflexiones. Las reflexiones… En algún lugar alguien escribe sobre conversaciones respecto a lecturas mantenidas en una noche de verano de hace mucho tiempo, en un bar perdido, en un pueblo perdido. Nadie lo sabe. Nadie lo ve. A tientas, solitario, en las penumbras de la incertidumbre, persiste, relee, escribe, corrige, vuelve atrás, añade un párrafo, mantiene firmes las riendas y al tino por rumbeador.
9. La vida es otra cosa, no lo que ocurre en las ficciones literarias; terminaríamos si no como Don Quijote.
Ay los escépticos, vox dei. Pero tal vez la gran lección de Cervantes, ese petiso, gigante endemoniado de las letras, desfachatado y desinhibido creador de las mentiras más veraces, es que el hombre debe pensarse como Sancho Panza pero asumirse como Alonso Quijano. Cuando el capitán Pantaleón Pantoja lo hace, la Selvática es la que le da fuego a su vida, y toda la novela entera –Pantaleón y las visitadoras– arde, sin dudas.
10. Trenes madrugadores, gurises lectores.
No sé nada de ruso ni de escritura cirílica. Sin embargo son tan poderosos los versos, que aún en la pálida traducción al español de la edición bilingüe, imposibilitada de reflejar la estructura, la métrica y la rima del poema original en ruso, me conmueven profundamente. Como siempre, para intentar comprender un poema, amén de su estructura formal, su sonoridad y su contenido, hay que tomar en cuenta su época, sus circunstancias, cuándo y cómo fue creado. En este poema de Boris Pasternak, el poeta sale de madrugada de la aldea en la que vive cerca de Moscú para tomar el tren de las 6 y 25 rumbo a la capital. Está fechado en 1941, y el poeta muestra la multitud multiforme que va en el tren, soportando con dignidad las privaciones y los sufrimientos de la guerra. Pero detengámonos en esta cuarteta:
Sentados en las posiciones más diversas
Amontonados como en una carreta
Niños y adolescentes leían y leían
Bebiéndose las páginas, como si les hubieran dado cuerda.
Era 1941, aún en plena guerra, aún en un tren de madrugada, aún rodeados de miseria y de violencia, niños y adolescentes llenándose de libros.
Subamos hoy a un tren, o -ya que casi no corren trenes de pasajeros- a un ómnibus, o a un avión incluso.
11. O tempora o mores.
Era el 63 antes de Cristo, y Cicerón comenzaba así sus famosas Catilinarias ante el senado romano, invocando la decadencia de los tiempos y de las costumbres. Es el viejo adagio de siempre: toda generación tiende a suspirar por el tiempo transcurrido y a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, lo cual tiene un indudable tufo retrógrado y a conservadurismo frente al presente y a los cambios inevitables, aunque con ello Giuseppe Tomassi di Lampedusa escribiera El gatopardo, esa obra maestra solitaria, como su autor.
Así que no nos sumemos, no digamos que el presente es peor.
Sí más iletrado.
12. Una literata de a pie.
Bruna, año y medio, hojea libros en pijama parada en medio del living, somnolienta y de chupete, pero resistiéndose a dormir, a pie firme.
La esperan centenares, miles, innumerables hojas y hojas escritas que llenarán su vida de maravillas. Ella no lo sabe pero su abuelo sí, y lo anota.
13. Las bibliotecas guardan sus secretos para los jóvenes, inquisidores de la libertad individual.
Grandes, bellas palabras del poeta y profesor Luis Víctor Anastasía Sosa, mi profesor de literatura en 6° año en el Liceo de Treinta y Tres, que recogí en un artículo (“Felisberto y el Lobo”, Granizo.uy 24/7/2019, http://granizo.uy/en-accion/felisberto-y-el-lobo-por-luis-a-fleitas-coya/).
Pero no son solo para los jóvenes. Los libros guardan bellezas y secretos para quienes se atrevan, para quienes se arriesguen por los bosques de lo desconocido, por las vastas praderas de lo creado bajo las luces y sombras del amor y del desamparo, del vacío y la desesperanza, y del no saber qué, y también de la poderosa ilusión.
Desde lo alto de las serranías del corazón, a todos ellos.