Mural bajo el signo de una revolución perdida
Basilio está en la frontera de Hugo Bervejillo, 2ª. ed. 2025
Luis A. Fleitas Coya
El año pasado, 2025, dos publicaciones vinieron a su manera a retratar e iluminar desde ángulos diferentes pero absolutamente complementarios y esclarecedores, un período histórico de nuestro país de una peculiaridad extraordinaria y sin embargo poco conocido y de escasa relevancia para las generaciones posteriores y lo que es peor, para los propios contemporáneos de los hechos.
El singular golpe de estado dado en la madrugada del 31 de marzo de 1933 por el presidente Gabriel Terra disolviendo el Parlamento y el colegiado -Consejo Nacional de Administración-, vino a dar término a un prolongado período de casi treinta años de paz, estabilidad institucional y afianzamiento republicano, acallados los ecos de la última guerra civil de 1904 y consolidado el modelo de estado social al influjo del batllismo. Sin embargo no produjo conmoción social ni estallidos ni revueltas por lo menos inmediatas, y la ciudadanía y los partidos políticos presenciaron pasivamente los acontecimientos como si se limitaran a asistir a una función desde los balcones del teatro de la escena política nacional. Dos únicos hechos fueron la excepción, uno la inmolación de Baltasar Brum que se disparó un pistoletazo en el pecho en el medio de la calle Río Branco entre 18 de Julio y Colonia, frente a su casa, en la misma tarde del día del golpe de estado, ante la falta de apoyo popular a su llamado a resistir el desborde institucional y con el corajudo y heroico propósito de un acto de resistencia individual desesperado, abrazado a sus ideales y a sus férreas convicciones. Sobre estos hechos escribió Hugo Burel su magnífica novela, La calle del sacrificio en la que el protagonista, Baltasar Brum, narra sus últimas horas hasta el sacrificio final, desde una visión contemporánea a los hechos pero al mismo tiempo con una subjetividad actual en un juego ficcional de gran valor en la construcción de la ingeniería del relato. Esa peculiar visión permite por un lado la reconstrucción minuciosa de los hechos y también un juzgamiento de acciones y protagonistas con la óptica y la perspectiva que dan los más de noventa años transcurridos. En ese balance entre lo que ocurrió y su juzgamiento con la perspectiva del tiempo radica uno de los grandes méritos de la novela, y nos permite una visión panóptica concisa –no olvidemos que no se trata de un libro de historia sino una novela- pero certera de la realidad política de la sociedad de la época, y de las mentalidades y pensamientos de los partícipes, que le permite al lector varias conclusiones. Una de ellas, tal vez la más trágica, la casi apatía que se ha dispensado entonces y ahora al gesto de Baltasar Brum, un héroe cívico que ofrendó su vida para que la dictadura durara menos y se manchara de oprobio.
El otro acontecimiento que rompió con la abulia colectiva frente al desmoronamiento de la legalidad constitucional y democrática fue la revolución de enero de 1935. La dictadura de Terra estuvo asentada en el apoyo de los colorados no batllistas (el terrismo y el riverismo) y del herrerismo bajo la égida de Herrera, caudillo y líder del Partido Nacional, que luego del golpe habían promovido la opaca Constitución plebiscitada el 19 de abril de 1934, en plebiscito celebrado sin garantías de libertades públicas y con la prensa censurada y controlada, lo que motivó el abstencionismo por parte de batllistas y blancos independientes. La nueva Constitución consagró un descarado reparto del poder entre terristas y herreristas que les aseguraba la coparticipación en los Ministerios, en el Senado del “medio y medio” (15 senadores para cada sector, terristas y herreristas) y en los Directorios de los Entes Autónomos y Servicios Descentralizados. El alzamiento revolucionario fue promovido justamente por miembros de esa oposición al régimen, militantes colorados batllistas y blancos independientes. Muchos, integrantes de la Agrupación Nacionalista Demócrata Social (ANDS) creada bajo el influjo de Carlos Quijano y de la Agrupación Batllista Avanzar cuyo fundador Julio César Grauert fuera asesinado por agentes de la dictadura en octubre de 1933. Entre sus principales figuras estuvieron el veterano Basilio Muñoz, escribano y general proveniente de las huestes revolucionarias saravistas, el escritor Justino Zavala Muniz, el coronel Exequiel Silveira jefe de la División Cerro Largo, y un joven Francisco “Paco” Espínola, que cayó prisionero luego de la batalla de Paso Morlán. Los diarios oficialistas o serviles, y los voceros de la dictadura, desde el primer momento se dedicaron a menospreciar la revolución ante la opinión pública llamándola con el mote despectivo de “Chirinada”, sinónimo de revuelta inútil o sin respaldo y destinada al fracaso.
Sobre ese fracaso versa Basilio está en la frontera, de Hugo Bervejillo. Mucho más que una crónica del hecho histórico, hay en esta novela un esfuerzo narrativo mayor, tal vez único en el Uruguay, que merece ser destacado. A sus veinte y pocos años, Hugo Bervejillo había formado parte de la revista Universo junto con Hugo Giovanetti Viola, Daniel Bentancourt, Tarik Carson, Mario Platero y Guillermo Chaparro. Entrevistado por Lucio Muniz (https://letras-uruguay.espaciolatino.com/muniz_lucio/hugo_bervejillo.htm), Bervejillo sostuvo que uno de los influjos de ese grupo era el universalismo constructivo de Torres García, procurando aplicar a la literatura un “hálito de universalidad”. Esta postura estética implicaba crear obras cosmogónicas que permitieran una trascendencia global de lo local, así como las obras del constructivismo de Torres García plasmaban en murales y óleos geometrizaciones de figuras de barcos, edificios de la zona portuaria, peces, mercaderías, figuras de estibadores, chimeneas lejanas de fábricas como trasfondo, etcétera, que amén del puerto específico –Montevideo- podían trasladarse a cualquier paisaje portuario del mundo. En el número 2-3 de Universo publicado en diciembre de 1970, Hugo Giovanetti Viola editorializaba bajo el título “Matar a la colonia”, citando a Levi-Strauss, que el universalismo es una esencia común, un universo único, y sostiene: “Ese universo es respirado por cada artista al inventar. Por eso puede hablarse de arte, sin miedo a las palabras. Arte, único género de comunicación donde el abrazo totaliza la condición humana, a través de la carne que el autor respiró en su tierra y en su gente” (publicación online:https://www.periodicas.edu.uy/archive/files/a4d792df0bce93bbf04e7dc0d7510f42.pdf).
En realidad Hugo Bervejillo se consagró muchos años después con su conocida novela Una cinta ancha de bayeta colorada (publicada en 1993, éxito de crítica y lectores), sobre las andanzas de Gregorio Suárez, el siniestro “Goyo Jeta”, bastante alejada de esas ideas, pero seguramente esos cimientos conceptuales continuaron latiendo de alguna manera por los meandros por los que circulan las pulsiones de un escritor, pues la concepción totalizadora del arte preconizada desde los años remotos de Universo domina estructuralmente Basilio está en la frontera de principio a fin. A partir de la historia de la revolución frustrada de 1935, el autor, con gran talento y una indoblegable tenacidad para hurgar en archivos históricos y periodísticos, despliega un abanico múltiple de historias individuales y colectivas de tal magnitud que apunta a una trascendencia global, a un gran retrato en forma de mosaico de la sociedad de la época, tanto del Uruguay en su conjunto, como del mundo de entonces como telón de fondo. Utiliza para ello una técnica narrativa variada que va desde la inquisición deductiva y casi detectivesca de un alguacil que hurga entre objetos y papeles de un muerto (propia de la novela policial), a las descripciones del paisaje rural por el que deambulan las tropas alzadas en su invasión desde Rivera bajando hacia el sur (propia de la narrativa rural y épica como la de Javier de Viana), los avatares de un poderoso empresario o de una cocotte de la época (propia de la novela social y costumbrista al estilo Balzac), hasta el relevamiento de los sucesos históricos nacionales e internacionales a través de trasmisiones radiales o noticias en los diarios (propia de la novela de non fiction como A sangre fría de Truman Capote u Operación Masacre de Rodolfo Walsh).
Ya el proemio que abre la novela trasluce esa voluntad narrativa omni abarcativa. En una pieza de una humilde vivienda Querosén -personaje que escribiera con su puño y letra el libro de tapas negras utilizado como núcleo central a partir del cual se contará la historia-bebe y dialoga consigo mismo. Arde el fuego en una latita de cera y la novela expresa en cuatro párrafos cortados en versos: “la luz alumbraba a Gardel que sonreía junto a Leguisamo/ Carlos Gaitán levantaba los brazos ante el bogotazo/ Jacobo Arbenz descendía de la escalerilla del avión;/ Mussolini colgaba de los pies en la plaza de Milán;”. Y sigue: “pero Querosén fumaba silenciosamente, ensimismado”. Es una verdadera declaración o carta de intenciones narrativa: la ficción abrazada y ensamblada con la realidad histórica que se expresa en hojas y recortes de diarios y revistas pegadas en las paredes.
Curiosamente el narrador de la novela no va a ser Querosén –cuyo nombre real no se revela-, o lo va a ser indirectamente a través del punto de vista del alguacil Erebo García que concurre por mandato de un juez al rancho de madera con techo de chapas a dos aguas que había sido la vivienda de Querosén a tomar posesión de su herencia yacente. Allí, dentro del rancho, el alguacil se encontrará –amén de los infinitos envases de botellas apiladas sin orden y el olor a orín- con todas las paredes repletas de hojas y recortes de diarios y revistas con fotografías (entre ellas, José Nazzasi y el propio general Basilio Muñoz), y cajas de cartón con fotografías, publicaciones y el cuaderno de tapas duras manuscrito por Querosén con su anotaciones, recuerdos y reflexiones, que se inicia con un título: “EL ALZAMIENTO DE ENERO DE 1935. Gesta comandada por el general Basilio Muñoz y otros datos importantes”. A partir de allí, de la lectura del cuaderno, y del repaso de fotografías, recortes y documentos, el alguacil será quien irá reconstruyendo los hechos y contando la historia a través del conjunto de signos que constituye el discurso mudo de Querosén (cuaderno, fotografías, recortes). Ese discurso no es unívoco, sino fragmentado, discontinuo, enredado, y su descifrador deberá llevar a cabo una tarea ciclópea e ímproba, pues el discurso de Querosén es un caleidoscopio múltiple de hechos desordenados y caóticos que relevará de manera casi detectivesca el alguacil, uniendo datos, aventurando hipótesis y suposiciones, tratando de echar luz en las tinieblas del pasado de una vida que se diluyó en el alcohol, la decadencia y el olvido.
Sin embargo, curiosamente la novela vira rápidamente, ampliando súbitamente el horizonte narrativo. El personaje-narrador, el alguacil Erebo García, reconstructor de la voz o discurso misceláneo de Querosén, pronto se ve limitado a fronteras que le establece en súbita irrupción la voz del escritor omnisciente refiriendo que determinados hechos no los podía saber el alguacil porque ni Querosén ni ninguno de los documentos lo refería: “no podría haberlo sabido García porque nadie lo dejó así consignado ni tuvo jamás la intención de hacerlo” (pág. 32), y entonces el propio autor es quien se encarga de relatarlos. Por tanto, no solo la novela está estructurada sobre un mosaico fragmentado de hechos, sino que también se va armando a partir de la pluralidad de voces narrativas múltiples: el alguacil en su relevamiento de lo escrito por Querosén, sus fotografías, hojas y recortes de diarios y revistas; el propio Querosén que lo hace de una manera indirecta o más exactamente como en un juego de cajas chinas pues un narrador cuenta lo que cuenta el discurso narrativo de otro narrador ya muerto; y el escritor que asume protagonismo como narrador omnisciente que va a completar lo que no le es accesible al alguacil o lo que Querosén no conoce u omite.
Y esta decisión del autor no es menor, pues aunque corre todos los riesgos del poner de manifiesto una omnisciencia del escritor que todo lo sabe, más propia de la novela del siglo XIX que del siglo XX en que entró en crisis hasta nuestros días, le proporciona sin embargo una herramienta poderosísima que le va a permitir cubrir en toda su magnitud la tarea narrativa que se propuso de retratar múltiples historias y toda una época. Allí donde ni el alguacil ni Querosén pueden llegar, allí lo hace esa conciencia omnipresente. Así, la novela se va construyendo como un gran collage o como un inmenso mural donde se alternan voces narrativas, noticias de prensa (ej. “Actualidades mundiales”, “Crisis en Europa”, “Golpe de Estado en Bolivia”, “Socorro! no correría el domingo”, “Continúa el proceso”, “Cenan juntos”, págs. 33-34), colocadas entre paréntesis las letras de tangos cantados por un cantor en la radio (ej. pág.127), entrelazándose la historia de la revolución iniciada por el general Basilio Muñoz al invadir Uruguay desde Brasil el 27 de enero de 1935, con historias individuales de participantes en las escaramuzas como la de Paso Morlán incluida la del propio Querosén, con la del abogado y empresario de turbulentos negocios financieros y vínculos con la dictadura Hilario Parodi y su hijo Wagner Parodi que sigue sus mismos pasos, con la de la prostituta de alto nivel Nina Da Porte “Bijou” y su romance escandaloso con Isabel García esposa de Parodi, con la del sueco Lunkvidst que viene a Uruguay en pos de las dos únicas fotografías de Greta Garbo desnuda, la de la madre desesperada Santa y la vidente Mae Rosa, y siempre alternando a lo largo de toda la novela, noticias políticas, noticias internacionales, noticias del fútbol y de carreras de caballos, tangos y más tangos.
El arcaísmo en literatura tiene su mayor epítome en el estudio de la poesía homérica, en particular de la Ilíada. Georg Finsler en La poesía homérica (Labor, págs. 36 y siguientes) ha señalado que Homero intentó revivir una época muy anterior a la suya y en la que compuso su obra, unos cuatro siglos atrás. Esa época remota correspondería a la cultura micénica, anterior a colonización por parte de los griegos continentales del Asia Menor (actual Turquía) donde estaba situada Troya, ocurrida en el siglo XI antes de Cristo, y el poeta atribuye a esa época la existencia de guerreros poderosos y valerosos protagonistas de aventuras y hazañas extraordinarias por lo que sus héroes aparecen magnificados; otros arcaísmos serían las ausencias de mención de toda colonización del Asia Menor, de textos escritos considerados inexistentes en la época remota, de caballería, y de aedos considerados inexistentes en la época de los sucesos; la descripción de combates como enfrentamientos individuales y no de masas; la comida de los héroes (solo pan y carne asada); y las armas y metales de bronce y no de hierro. Tal la llamada tendencia arcaizante; pero así y todo igualmente elementos contemporáneos a Homero aparecen a lo largo del poema, que también termina pintando la propia época del poeta, en simbiosis con lo arcaico.
Hay rasgos de tendencia arcaizante en la patriada rural que cuenta Basilio está en la frontera, la revolución iniciada por Basilio Muñoz con seis hombre en dos autos y dos camiones, que invadieron desde Brasil entrando por Rivera, con el plan de que se unirían caudillos locales o regionales de Dolores, Minas, Colonia, Canelones, Cerro Chato, Treinta y Tres, Curtina, Salto, Tacuarembó, Tupambaé, los sindicatos y partidos políticos afines de Montevideo, y que se sublevarían algunos cuarteles militares como los de Florida, Flores y Soriano. Ya era anacrónica la figura del jefe revolucionario (jefe máximo y alma del movimiento señala Quijano citado por Adolfo Aguirre González en La revolución de 1935, pág. 93), el general y escribano Basilio Muñoz, hombre de setenta y cuatro años, veterano partícipe de varias revueltas blancas desde la revolución tricolor de 1875 en la que participó con quince años, la de 1897, y como secretario de Aparicio Saravia en la de 1904. Encarnaba el aura del revolucionario legendario del siglo XIX, caudillo de huestes rurales, pura voluntad y sacrificio a marchas forzadas a la intemperie por los campos de la patria. En realidad, era ya un mundo perdido, y por eso, para describir la invasión la novela adopta un tono entre épico y elegíaco con aire antiguo, a reminiscencia legendaria, que inicia con una prosa travestida poéticamente: “(y un día fueron las vísperas/ la tierra dormía y los hombres laboraban de noche, conspirando…/ ya se había asentado el polvo de los caminos… / lejos, al sur, la ciudad estaba quieta…/ Basilio está en la frontera…/ y lo supieron y lo comentaron en sus almuerzos al aire libre los obreros portuarios…/ y fue dominio especulativo de las prostitutas…/ y se supo en las barracas de acopio de lana en la calle Rondeau…/ fueron las vísperas/ … / fueron las vísperas y los presos y exiliados y los sedientes de justicia sabían que Basilio estaba en la frontera…/ eran las vísperas y la tierra dormía)” (págs.34 a 38).
La marcha revolucionaria atraviesa los campos ya no a caballo sino en auto, pero su desplazamiento es rural, campesino, otra muestra de arcaísmo. A partir del capítulo 3 se describe la travesía a través de cerros, “alambrados y yuyos, y campos interminables, hasta el horizonte”, realiza una reflexión sobre la propiedad y la tenencia de la tierra, mientras, rompiendo la línea temporal dice que Basilio Muñoz pensaría después que todo acabara que luego de tantos quilómetros recorridos y tantas penas de revolución desesperada, el apoyo nunca llegaría. Entre tanto en Montevideo, el motivo de conversaciones y festejos populares era el triunfo de la selección de fútbol en Perú, y los vítores que se escuchaban eran para Nasazzi, Lorenzo Fernández, Ciocca y compañía. Una clara contraposición entre lo arcaico de la revolución que atravesaba los campos uruguayos y la contemporaneidad completamente ajena a ello.
Los alzamientos populares no se dieron, salvo las huestes de Soriano y Colonia que acabaron luchando inútilmente en Paso Morlán para ser derrotadas por la tecnología del siglo XX, bombardeados por aviones. Las rebeliones militares fallaron. La división Cerro Largo deambuló por los campos bajo el mando del coronel Exequiel Silveira con el desaliento de no hallar la fuerza invasora de Basilio Muñoz; el encuentro final en costas del Cordobés fue para una marcha ya sin esperanzas, que culminó con el bombardeo cruento e innecesario de los aviones gubernistas en la Picada de los Ladrones sobre el Río Negro, luego de haber aceptado el general Basilio Muñoz una propuesta de paz. Ya no había otros hombres de a caballo dispuestos a alzarse en armas y a jugar su vida; ya era una forma fenecida de rebelión, temeraria, audaz, romántica y pasional, y la novela logra pintar muy bien esa característica ahistórica de la revolución de 1935. Mientras, se suceden los personajes de la realidad contemporánea: Terra escribiéndole párrafos aduladores a Mussolini (pág. 97), Herrera sosteniendo que falló la democracia (págs. 13-14), el sacrificio de Baltasar Brum (págs. 99 a 106), la tragedia de Julio César Grauert (págs. 184 a 190), y las noticias sobre el ascenso de Hitler y de Mussolini y de la sociedad uruguaya conmovida por el fútbol y por las carreras de caballos (págs. 222 a 224).
Hay es cierto en nuestro país, ejemplos notables de novelas históricas desde las tradicionales de Acevedo Díaz, Bernabé Bernabé de Tomás de Matos, No robarás las botas de los muertos de Mario Delgado Aparain, a Los inmortales y la ya citada La calle del sacrificio de Hugo Burel, pero ninguna como esta de Hugo Bervejillo con la ambición totalizadora de retratar más allá del caso histórico concreto, toda una época en su complejidad y multiplicidad inabarcable, que al mismo tiempo muestra sin estridencias y como un enorme mural acusatorio, cual molicie de nuestra vanidad democrática y de apego constitucional, la apacible y obsecuente indiferencia de la sociedad uruguaya de entonces, dándole la espalda a una revolución y a un mundo perdidos. Y ahí está su distinción y su mérito mayúsculo.