
Alfredo Alzugarat y la Biblioteca China en Uruguay
¿Un disparate mayúsculo o un bello sueño milenario y erróneo que reposó durante décadas en las adustas salas de nuestra Biblioteca Nacional y que desapareció un día dejando apenas vestigios?
Hay que agradecerle a Alfredo Alzugarat que haya acometido la empresa de desentrañar los misterios, artilugios y vericuetos que rodean el caso de la Biblioteca China en Uruguay, sepultado bajo décadas de olvidos, indiferencias, malos entendidos, y documentos que nadie se había tomado el trabajo de investigar y que en su mayoría estaban aún allí en la mismísima Biblioteca Nacional esperando que alguien se dignara desempolvarlos. Prestigioso crítico, escritor, e investigador, Alfredo tuvo la intuición y el talento de comenzar a hurgar a partir de una mención y un hallazgo inesperado mientras estaba embarcado en otra investigación en el archivo de José Pedro Díaz. En 1950, estando en París, este último había recibido por carta de Carlos Maggi, el encargo de hacer los contactos para el traslado desde Ginebra a la Biblioteca Nacional de Montevideo de una “Biblioteca Sino Internacional”, y ese fue el desencadenante de toda la historia. Estaban involucrados el propio Maggi, entonces funcionario de la Biblioteca Nacional, su director Dionisio Trillo Pays, los ministros de Instrucción Pública Secco Ellauri y de Relaciones Exteriores César Charlone, y el presidente de la república Luis Batlle Berres que, consultado, autorizó el traslado. Traslado que a Uruguay le costaría más de veinte mil dólares de la época, en costos de transporte de casi quinientos cajones de libros, cuadros, muebles, objetos de artes y estanterías, en varios barcos, y en seguros de viaje, entre 1950 y 1951. El impulsor de ese emprendimiento descomunal había sido un chino erudito y culto, el doctor Li Yu Ying, lleno de ambigüedades y reservas, confeso anarquista afín a Chiang Kai Shek y al régimen de la China nacionalista de Taiwán.
La investigación llevó al autor, amén de un examen minucioso y preciso del fárrago documental existente en la Biblioteca Nacional, a entrevistar a numerosos testigos y protagonistas de los hechos, a autoridades de la época, a recurrir a archivos particulares como el del profesor Hugo Fernández Artucio, a relevar periódicos, a consultar y cotejar datos en numerosa bibliografía general y específica, y a realizar una excelente síntesis histórica de los sucesos políticos y culturales que desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX ocurrieron en China, con directa incidencia en el tránsito de la Biblioteca Sino Internacional, desde China hacia Ginebra primero y Montevideo después.
Fruto de esa investigación es el precioso libro escrito por Alfredo Alzugarat, “De la dinastía Qing a Luis Batlle Berres. La Biblioteca China en Uruguay”, publicado por la Biblioteca Nacional (1ª. ed. 2014, 2ª. 2019). Con todo acierto sostuvo en su prólogo el entonces director de institución, Carlos Liscano, que el libro tiene “la intriga y el ritmo de una novela casi policial”, pues el autor tuvo el tino y la sapiencia de convertir el cúmulo de datos, fechas e información, típico de todo trabajo de investigación serio y documentado, en una narración ágil, concisa, que intenta abarcar todo el espectro posible de la historia pero siempre con el norte de la indagación de hacia dónde conducía tamaña aventura. Notablemente bien escrita, y lejos del lenguaje académico aséptico, seco e impersonal, el autor no rehuyó la primera persona cuando fue necesario, ni las exactas dosis de humor e ironía en ciertos pasajes como el del rechazo que provocaba Lin Yu Ying por su excesivo consumo de ajo, el grotesco suceso del vaciamiento caótico a los apurones de los cajones donde estaba almacenada parte de la biblioteca, para aprovecharse de ellos por parte de un inescrupuloso funcionario, o los manejos e intrigas de un coronel durante la dictadura para llegar a dirigir la Biblioteca China. Durante más de cuatro décadas, cuenta Alzugarat, las decenas de miles de libros con milenarios poemas, canciones, himnos, recopilaciones de Confucio, oficios y discursos de dinastías antiguas, todas las manifestaciones culturales incluyendo la geomancia y los horóscopos chinos, los manuales de adivinación, el libro de los ritos, los registros de conversaciones de Confucio con sus discípulos, el Clásico del amor filial, el Libro de Tao, los cuatro libros de la escuela confuciana, el libro de los sutras búdicos, libros de música y filología, el más antiguo diccionario enciclopédico chino, narraciones de historia, sucesos, biografías, transcripciones, geografía, mapas, historias de países extranjeros, obras políticas, inscripciones en metales y piedras, los Filósofos de las Escuelas de Guerra, Legalista, Ecléctica, Budistas, Taoístas, Mencio, los sabios de la medicina, agricultura, astronomía, matemática y adivinación, las Colecciones o Literatura (elegías, epistolarios, misceláneas de poesía y prosa, estudios críticos sobre poesía y prosa, poemas, teatro, canciones y otros), las Enciclopedias de las Ilustraciones e Imperial, y un larguísimo etcétera, o permanecieron embalados en sus cajones en los sótanos de la Biblioteca Nacional o nadie supo bien qué hacer con ellos, ni hubo ningún plan ni proyecto general para su debida difusión y explotación cultural pública para Uruguay y el mundo.
Nunca mejor aplicada que en este caso, la analogía entre una investigación científica y una investigación de un caso policial, pues al igual que en esta, Alfredo Alzugarat se interna por los meandros de una historia sinuosa y opaca donde los sucesos parecen extraños y no encajar del todo, desde la llegada a nuestro país de la Biblioteca Sino Internacional en 1950 hasta la subrepticia y cuestionable salida de casi su totalidad más de cuarenta años después, en una decisión adoptada por un director de la Biblioteca Nacional casi a espaldas y a contrapelo del ministro de Educación y Cultura, ya restablecida la democracia, en 1993. Quedaron las migajas de que da cuenta Alzugarat, de un fabuloso tesoro cultural de decenas de miles de libros antiguos que recogían y preservaban una tradición milenaria, amén de pinturas, esculturas, objetos de arte, caligrafías, e instrumentos musicales, que habían pertenecido al palacio imperial de los últimos emperadores manchúes y que fue sacado de China por Li Yu Ying y sus adláteres, antes del triunfo de la revolución maoísta, y llevado a Ginebra sede la Sociedad de Naciones. Que las autoridades y el gobierno del Uruguay batllista de 1950 hayan sucumbido a las artes de encantamiento del culto y retorcido Li Yu Ying, para embarcarse en tamaña empresa, es algo que la investigación de Alfredo Alzugarat deja al descubierto y que aún causa asombro, así como el desvanecimiento final de un plumazo de semejante acervo cultural que el Estado uruguayo no solo cobijó sino que solventó en sus múltiples y onerosos gastos, durante la friolera de cuarenta y tres años.
Entre sus tantos misterios no resueltos, nunca ha quedado bien en claro cuál fue la razón fundamental por la que Li Yi Yung eligió un remoto y pequeño país como destino para la Biblioteca. Recuerda a las interrogantes que se planteaba Sam Spade sobre otro objeto de un valor mítico como el halcón maltés, en San Francisco y en manos de unos fascinerosos como Joel Cairo o Brigid O´Shaughnessy, y a la respuesta sobre de qué estaba hecha la estatuilla que da el propio Spade no ya en la novela de Dashiell Hamet sino en la película de John Huston, interpretado por Humphrey Bogart, citando a Shakespeare: “de la materia de que están hechos los sueños”.
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Desde la última edición del libro de Alfredo Alzugarat, la investigación ha seguido su curso, se ha ampliado incluyendo documentación obtenida en Ginebra, y tal vez algunas de las incógnitas comiencen a develarse, siendo hora de que la investigación ampliada encuentre editor. Mientras tanto tenemos una oportunidad extraordinaria: escuchar a Alfredo el próximo jueves 30 de julio a las 19 horas en la charla que brindará en el Colegio de Abogados del Uruguay para hablar sobre la leyenda y los misterios de la Biblioteca China en Uruguay.