Luis Nieto: el barro y la épica
La quince, de Luis Nieto, Ed. Da Vinci, 2025, 439 págs.
y Alias Ramón de Luis Nieto, Ed. Espasa, 2024, 218 págs.
Luis A. Fleitas Coya
Primeros días del 2026. Acabo de terminar de leer La quince de Luis Nieto. Tiempo atrás ya había leído Alias Ramón, así que ahora, con un panorama más claro sobre el ambicioso proyecto novelístico del autor, un tríptico sobre los años de lucha guerrillera y posteriores, puede arriesgarse una opinión con mayor asidero. No es buena cosa eso de andar, más que payando, adivinando, en base a meras referencias. Eso mismo fue lo que me llamó poderosamente la atención aquel frío anochecer del 4 de setiembre pasado, cuando la presentación de La quince en el local de Más Puro Verso de la calle Sarandí. Sin la más mínima animadversión contra los presentadores que acompañaron al autor, pero qué pobres fueron sus intervenciones, qué poca profundidad, qué poco análisis, qué exigua mirada a la novela. Apenas unos balbuceos sobre lo que fue aquella generación de jóvenes revolucionarios de la década del 60 y principios de los 70, unos sublimes lugares comunes ya recontra conocidos por todos, o alguna inesperada confesión de militancia política para explicar prejuicios sobre el tema. Pero nada, o casi absolutamente nada sobre la novela, sobre su poderosa trama, sobre sus valores, personajes, o incluso sobre sus lineamientos generales. No se puede exigir a quien no lo es, una exposición de crítico literario, claro; pero por lo menos, para presentar un libro, como mínimo hay que referirse a sus personajes, a su argumento, a lo que deja vibrando en el alma del lector, a alguna frase, un pasaje. Algo por lo menos que denote cierto conocimiento y respeto por ese montón de páginas que tanto esfuerzo, desvelo, experiencias de toda una vida, pensamientos, sentimientos, han horadado los días y las horas del autor. Salí con flor de gusto a nada (parafraseando al bolero), y masticando que los presentadores ni siquiera habían leído el libro o por lo menos no íntegramente; quizás alguna hojeada, o peor, apenas una solapeada, como gusta decir un insigne escritor compatriota, hastiado de la superficialidad contemporánea.
Naturalmente, puede uno equivocarse, pero no creo que sea el caso. Y más luego de leer la novela, porque La quince tiene una trama apasionante, digna de ser comentada y admirada. No puede pasar inadvertida ni indiferente, como les pasó a los referidos, para los que no era una opción, era un verdadero deber hablar con honestidad y conocimiento del libro, referírselo al público, hablarle de lo apasionante que puede ser una novela que se atreve a contar cosas de nuestro pasado como lo hace. Por supuesto que se ha escrito mucho y abundantemente sobre el tema, pero casi siempre ha sido la memoria, el testimonio (Memorias del calabozo, de Fernáscrndez Huidobro, Rosencoff, Mujica), o algún relato autoficcional como lo son muchos de Liscano -recuerdo El furgón de los locos-, o apenas disfrazado con nombres cambiados como los de Rodolfo Wolf (Batallas de una guerra perdida), o los de Baumgartner (El contador de cuentos). Es cierto, ahí está el pasado del autor de guerrillero veinteañero, ahí está el barro y la épica de su experiencia, pero vaya si le supo dar vida novelística, y crear personajes y situaciones novedosas e interesantes, demostrando la talla del auténtico escritor, para quien la mejor forma de hablar sobre la realidad es a través de la ficción y de la imaginación.
La literatura testimonial es innegablemente valiosa pero sus funciones le imponen importantes limitaciones; se la escribe para hacer conocer determinados hechos, para acusar y señalar a los autores de vejámenes o sufrimientos o de heroicidades, y para dejar memoria, constancia o registro. De ahí su vínculo indisoluble con la realidad, que es su frontera y su corset. En cambio el arte de la ficción, al que pertenece esta novela de Nieto, implica otros ámbitos. Sus funciones son, una, básicamente lingüística, consistente en, mediante un lenguaje determinado y propio del autor, crear y desencadenar un mundo posible, vinculado pero no anclado ni dependiente de verdades o del mundo real; y en segundo lugar, si se trata de buena literatura, en cuanto obra de imaginación auténticamente artística, debe ser un texto abierto –en el sentido desarrollado por Umberto Eco en Lector in fabula– en el que el autor asume que el lector puede tener definiciones, conceptos o puntos de vista propios y distintos de los del emisor, que puede realizar asociaciones y conclusiones azarosas e inesperadas, e incluso puede tener errores interpretativos, y la habilidad estratégica del escritor deberá radicar en procurar que por muchas que sean las interpretaciones posibles, estas no se excluyan sino que se refuercen recíprocamente, como ocurre con muchas de las obras de Faulkner (ej. El sonido y la furia) o de Onetti (ej. Jacob y el otro, Los adioses). Es decir, una novela como obra de ficción debe dirigirse a la humanidad entera, y por ende debe ser “anti maniquea, abierta a las contradicciones” (Ariel Dorfman, “Código político y código literario: el género testimonio en el Chile hoy”, pág. 198, en “Testimonio y Literatura”, René Jara and Hernán Vidal Editores, Minneapolis, Minnesota, 1986). Todo eso explica el valor de una obra como la de Nieto, polémica, que admite varios niveles de lectura, que no teme a las antinomias, incongruencias y contradicciones, y por sobre todo fiel a la única verdad o ecuación primordial de un novelista: la de la imaginación.
La novela tiene una extensión respetable, 439 páginas, y varias capas o niveles narrativos: la primera es la de un presente donde un veterano Andrés Mier Cabrales -alias Balta- a sus 75 años va rememorando su vida pasada como guerrillero del MLN, mientras se prepara para pasar el fin de año con su viejo compañero, también militante tupamaro, Salvador, lanzando melancólicos pincelazos aquí y allá. Así sabremos que estuvo once años preso en el penal de Libertad, que salió con la amnistía de 1985, de su casamiento con la bella y joven Teresa Gamarra «encandilada por la aureola de su leyenda», y de su «nunca asumido rol de padre» de dos hijos: Julio de 45 años que continuó la tradición familiar de trabajar en el campo sobre el Queguay y Carmen de 43 años, funcionaria de la FAO, y con quien tiene una relación problemática. La amargura baña sin piedad toda esa primera parte, con un comienzo desolador: «Nada había pasado en la vida de Andrés Mier Cabrales, alias Balta, desde que la amnistía de 1985 lo devolvió a las calles de Montevideo, a lo que quedaba de su familia y al reencuentro con los viejos compañeros que sobrevivieron. Nada importante a lo largo de los últimos treinta y ocho años, solo costuras en el cuerpo y en el alma». Pero tanta desilusión y decaecimiento vital vienen ya de antes; Andrés Mier llama «años perdidos» a los que pasó en la cárcel sumados a los años con Teresa Gamarra, y sostiene que su alma ha sido sustituida por una agujero negro desde que empezó a desvanecerse su pasión revolucionaria.
En el reencuentro con Salvador, reviven hechos de su juventud guerrillera y se cuentan aspectos familiares, mientras toman vino y se preparan para el fin de año; es una evidente conexión con la anterior novela, Alias Ramón, primer tomo de la anunciada trilogía sobre los años duros, en la que aparece Salvador como personaje y se cuenta su historia de amor con Lára y su vida en el faro islandés cercano al círculo polar ártico. Ahora se van a develar aspectos de su vida anterior, como sus orígenes treintaytresinos, y su verdadero nombre. También van a hacer irrupción otros personajes de Alias Ramón, como el propio Ramón y su hijo Marcos. Es la pátina de la memoria, del tiempo ido, de la vida transcurrida, y de un pasado legendario que se esfumó.
Sin embargo esta veta de la novela, así como su impronta de letanía y tristeza se acaban sobre la cuarta parte del libro, para dar paso pleno al verdadero núcleo de la novela, su real nervio motor que va a sacudir los cimientos del lector. Esta capa narrativa, que se impone de buenas a primeras, es una formidable radiografía de la militancia guerrillera de un joven Andrés Mier desde sus inicios hasta la debacle final, en la que el autor no va a escatimar detalles ni sus profundos conocimientos del tema. El derrotado y melancólico personaje veterano deja su lugar a un estudiante universitario de veterinaria, veinteañero y tupa, puro nervio y resolución, dotado de una voluntad y una determinación llamativa para un muchacho de su edad y de su escasa experiencia, al punto que permanentemente parece un hombre de mucha más edad. Es una incongruencia si, pero es una de las características más peculiares del personaje que sin dudas el autor quiso pintar así en uno de los aciertos mayúsculos de la novela, retratar a carta cabal el acelerado proceso de aprendizaje y maduración que significó el involucramiento en una lucha revolucionaria en la que aquellos jóvenes se comprometieron de tal manera que sintieron que no solo estaban haciendo historia y que podían cambiar la historia política del Uruguay, sino que personalmente estaban involucrados hasta el tuétano. Su persona toda estaba abrasada por la llama insurreccional al punto que su vida -nada menos que su vida- pendía permanentemente de un hilo; podían perder más que su libertad, su propia y única vida en cualquier momento. El tema constituye una de las intríngulis más difíciles de abordar y definir y seguramente las opiniones serán tan diversas como imposibles de concordar: desde el heroísmo puro y duro hasta la inconciencia más plena de estar jugando irresponsablemente a algo para lo que no estaban preparados y que dejaría, como dejó, una secuela atroz de dolor, muerte, sufrimiento, cárcel, torturas indecibles, incluyendo una visión de idealismo revolucionario sin límites y de exaltación propia de la juventud.
No es menor que la novela lleve por título el nombre de la famosa columna del MLN, la más militarista y rigurosa en sus operaciones, la que tuvo mayor éxito y renombre. Andrés Mier alias Balta es un integrante por antonomasia de la 15: precavido, detallista, afín a la planificación que permitía prever por anticipado las eventualidades e imprevistos que podían surgir en las acciones, fanático de las medidas de seguridad para preservar la compartimentación y la clandestinidad. Justamente criticará abiertamente a quienes se apartan de esa rigurosidad, e incluso en las etapas finales de debacle de la organización llegará a señalar la excesiva confianza y el crecimiento desmedido de los militantes que produjo el decaimiento de las medidas de seguridad, como factores fundamentales de la derrota. Sin embargo, y también es mérito de la novela, Andrés no es un héroe perfecto, su liderazgo lo lleva a un distanciamiento afectivo en sus relaciones amorosas que se destacan más que nada por el sexo, y simultáneamente nunca deja de ser un muchacho del interior, simpático y entrador, que no tiene empacho de trabar una relación de amistad con el gordo Mario, dueño de la pizzería «El puente» que queda abajo de su casa en Montevideo, y con el cual se confesará sobre sus andanzas clandestinas, en una peligrosísima, inexplicable desatención de sus autoimpuestos criterios de seguridad; y lo mismo ocurrirá con otras personas con las cuales se relaciona, externas a la organización, como el padre de Elena, o su propio padre. Llevado por sus buenos sentimientos, parecería no tener conciencia del riesgo que implicaba para todas esas personas ese grado de confidencialidad o conocimiento que podían arrastrarlos a ser acusados de complicidad. Pero Andrés es retratado sobre todo en lo que son sus mejores facetas como revolucionario, por una parte su capacidad organizativa: crea un grupo de acción con otros jóvenes que se reúne en el altillo de su casa de camino Castro, al que instruye, entrena y prepara; y por otra parte, su decisión y habilidad en las acciones. Desde el punto de vista narrativo se destacan las escenas de la novela que se detienen en esos hechos: desde el asalto al Banco Francés-Italiano en la Ciudad Vieja, la operación Lamparita, la cobertura al robo de armas del cuartel de la Marina, el intento de robo en la casa del estanciero coleccionista de armas, entre otras.
Una peculiaridad no menor de Andrés Mier es su ya señalada pertenencia al interior, lo que se refleja en su lenguaje, en su forma de pensar y de hablar, y en su gusto por el asado, los chorizos, los costillares de cordero, y en el trato sencillo y limpio con los demás, y que cobra especial relevancia, cuando se termina su etapa del accionar guerrillero en Montevideo, para instalarse en las costas del río Queguay. Allí, conservando su fachada de legalidad (nunca pasa la clandestinidad), construirá una modesta casa rural, con chiquero de chanchos, y posteriormente un berretín excavado y oculto ingeniosamente con depósito de armas y polígono de tiro incluido, casi una verdadera tatucera, de las que el MLN construyó en el interior a iniciativa de Sendic y Zabalza con el fin de extender la guerrilla al ámbito rural como retaguardia de la lucha en las ciudades, depósito de armas y refugio de clandestinos. En ese ámbito sanducero y rural, Andrés adquirirá una considerable estatura moviéndose con gran osadía y soltura por toda la zona desde la ciudad hasta el campo, el litoral, las riberas del río Uruguay, con su baquía en las tareas que debe afrontar, y su conocimiento y pericia que le hacen sortear escollos de todo tipo en situaciones diversas y con personajes de la policía y el ejército, ejerciendo al máximo habilidades típicas del interior como el trato con los uniformados explotando conocimientos de la práctica del fútbol o el regalarles pescados o lechones para hacerles bajar la guardia.
Puede dudarse si el vigor narrativo de esta parte de la novela se extiende al personaje, o es el vigor del personaje el que impulsa la propia narrativa, pero no cabe dudas que Andrés Mier es un personaje tan bien construido, fundamentalmente por el contraste entre sus cualidades y sus debilidades, que constituye un verdadero tractor de la historia. Por momentos su incesante trajinar, maquinando una y otra vez cómo llevar a cabo sus misiones y cómo eludir a la represión, lo hace adquirir un aire aventurero que recuerda los complejos personajes de Stendhal como Fabricio del Dongo en La Cartuja de Parma y sus mil vericuetos o Julian Sorel en Rojo y Negro, aun no tratándose de una novela de aventuras sino de un profundo drama. En ese drama cobra particular dimensión la relación de Andrés con Fiona Bondarenco, alias Elena, una tupamara de diecinueve años estudiante de educación física; si bien la novela apunta a resaltar el vínculo amoroso, su mayor fuerza reside en mostrar de manera notable el destino de Elena, tal vez uno de los momentos culminantes de la novela. Resume de una forma pocas veces tan dura, clara y trágica el desvarío de unos chiquilines que se jugaron el todo, sin estar preparados ni tener mayor conciencia de lo que les podía esperar. Toda la secuencia, desde la fracasada acción contra el estanciero realizada por dos improvisadas muchachas jugando a prostitutas hasta la intervención quirúrgica en una improvisada sala dentro de una carpa y la muerte, es escalofriante. Uno de los aspectos en el que la novela no se detiene, pero que tiene una importancia capital para comprender en su total dimensión el aquelarre de esa época, es que en el improvisado plan de la acción interviene el propio Andrés, mostrando así una de sus peores facetas, el voluntarismo, llevar adelante a capa y espada acciones descabelladas con la convicción de que saldrán adelante a fuerza de ingenio y decisión (algo no exclusivo del personaje, extensible a muchos protagonistas de la época). Andrés no logra visualizar que su obra maestra, su excavado berretín de orillas del Queguay es en realidad una encerrona sin escapatoria en caso de ser descubierta, o se aferra y planifica como posible, cuando todo ya está perdido, el rescate mediante el copamiento de los cuarteles de los nueve rehenes -cabecillas tupamaros presos a los que la dictadura resolvió matar en caso de nuevas acciones militares del MLN-.
En su último tramo, la novela adquiere ribetes de novela histórica, siguiendo paso a paso las etapas del plan Hipólito de actos violentísimos del MLN contra las fuerzas armadas de abril 1972 y la consiguiente contraofensiva de las fuerzas conjuntas que derrotó militarmente a la guerrilla durante ese mismo año, alzamiento militar de febrero de 1973, el golpe de estado de junio del mismo año, y la debacle definitiva del movimiento. Ahí cobran importancia los personajes reales que actúan con los personajes ficticios de la novela, que ya venían apareciendo -como el caso del Nepo, Adolfo Wassem Alaniz-, como Octavio (Henry Engler) o Prudencio (Luis Alemañy), y se va a relatar uno de los episodios menos divulgados de la época que fue el encuentro que hubo en 1974 entre Prudencio (dirigente del MLN en Uruguay) y Héctor (William Whitelaw, dirigente tupamaro en Buenos Aires) en la histórica playa de la Agraciada en Colonia. En ese encuentro, que ya Luis Nieto había referido en Historias tupamaras entrevistado por Leonardo Haberkorn (también cabe mencionar el homenaje que Nieto le rindiera a Luis Alemañy, Alias Prudencio, en la edición del 4 de abril de 2024 del Semanario Voces), Prudencio y Héctor acuerdan que la etapa de la lucha armada en Uruguay está terminada, y que iniciar una nueva etapa en esa lucha sería algo descabellado que terminaría en un baño de sangre con sacrificio de los rehenes. El rol de Andrés Mier en el encuentro no es directo como partícipe en el diálogo, sino logístico, llevando a cabo las tareas de apoyo y vigilancia del encuentro, dada su actividad en el litoral. Pero afortunadamente la novela rescata el episodio, que no fue menor en la historia de aquellos años, narrándolo al detalle, con un remarcable ritmo cinematográfico, al igual que la escena de la caída de Andrés Mier, nuevamente en Montevideo, por calles del Prado. Luis Nieto evidencia aquí su oficio de guionista, que desarrollara en los episodios de la serie española Curro Jiménez junto con Taco Larreta, y en sus películas (Su nombre suena todavía, Estrella del Sur, Memoria de Blas Quadra).
Hay personajes secundarios que destacan, muy bien retratados, como los padres de Andrés, su origen asturiano, sus historias y su penosa huida del franquismo; Fiona o Elena y todos los integrantes del grupo que se reunía en la casa de la calle Castro incluido el caso de Tapichí, que rememora el de Roque Arteche, y cuya historia hubiera dado para una sub trama que es una lástima que la novela no desarrolle; y Prudencio, un personaje que se destaca por la serenidad y el rasgo cercanamente humano, pese al rango y la responsabilidad sometida a tensión extrema que tenía dentro de un MLN en derrota. También el personaje del teniente que captura a Andrés, su forma de hablar, sus ideas, su prejuicios y esquemas; destila a arquetipo por todos lados. Y, por supuesto, el gordo Mario, el pizzero, con quien el lector empatiza desde el primer momento.
Es cierto, el final de La quince decae un poco, los años de cárcel son apenas despachados en pocos párrafos, pero ello no opaca el poderoso hálito de la novela, que pervive perturbadoramente en el lector al cerrar sus páginas. Un párrafo final concluye el texto con maestría y con el tamiz melancólico de las verdades y certezas indefinibles de la amistad, y que hay que agradecerle a la pluma de Luis Nieto: «…algo los une al pasado como un hilo de humanidad, que respira sin tener necesidad de pensar cada vez que sus pulmones necesitan oxígeno».
Distinto es el caso de Alias Ramón, una novela muy heterogénea e irregular en su contenido, cuya mejor parte sin dudas es su capítulo inicial Paso Tromen con la huida de Ramón hacia Chile a través de Argentina, su encuentro y fugaz relación con una muchacha, Amanda, que tendrá repercusiones de largo aliento, y las escenas en el convulsionado Chile de Allende. Si bien toda la narrativa de Nieto es muy ágil, en esta primera parte de la novela, el autor hace un delicado balance con aspectos líricos sutilmente desplegados en la trama.
Luego la parte del exilio en Cuba y la integración de Ramón a la columna de tupamaros que recibían instrucción militar, más allá de su interés descriptivo no logra despegar dramáticamente; pero sí lo hace, ya en territorio argentino, la angustiante caminata por calles de Mar del Plata y Buenos Aires bajo las acechanzas de los comandos de la muertes paramilitares y militares, y el relato de las reuniones con los Montoneros y el ERP y los enfrentamientos y disidencia entre los propios militantes del MLN entre los cuales estaban los llamados renunciantes. En cuanto a las historias de los exiliados, tiene especial destaque el delicado amor entre Salvador y Lára en el lejano y exótico norte finlandés; las otras remiten a un pasado guerrillero ya extinguido, que apela a la amistad y a la nostalgia en un tono menor que se desgaja de las partes más vibrantes. La larga peripecia de la ingeniera francesa Sophie Bénoit que culmina en la búsqueda de un tesoro en la bahía de Montevideo, parece por último bastante descolgada del resto de la novela, no obstante el secreto que se develará; lamentablemente es un obstáculo a la coherencia de la novela y juega un papel negativo importante para el lector.
La quince, en ese aspecto, en su solidez estructural y narrativa, se diferencia en mucho de Alias Ramón, y constituye un pilar fundamental, un verdadero horcón del medio en la anunciada trilogía de Luis Nieto.