

Una presentación memorable
La calle del sacrificio. Las últimas horas de Baltasar Brum, de Hugo Burel
Ed. Sudamericana, 2025, 201 páginas
Luis A. Fleitas Coya
Martes 12 de agosto de 2025. Cuareim 1359 a metros de 18 de Julio. La escalera baja en ángulo hacia el antiguo sótano donde funcionara la recordada Teluria de los años sesenta en la que actuaron Alfredo Zitarroza, Osiris Rodríguez Castillo, Jorge Cafrune, Mateo, Rada, y tantos otras figuras de la música popular. Reinaugurada en el 2018 es hoy una refinada vinería vinculada a la librería Puro Verso que funciona en el local de arriba que da a 18. El enorme subsuelo refaccionado es una belleza de estilo rústico y moderno a la vez, con sus paredes de piedra a la vista, sus columnas o pilares, su techo de bovedilla, y su funcionalidad para servir de vinoteca, barra de degustación de vinos y cafetería, librería, y eventos culturales. A la hora 18 y 30 comienza la presentación del último libro de Hugo Burel, La calle del sacrificio. Las últimas horas de Baltasar Brum publicado por Sudamericana en una cuidada y bella edición, con un panel en el que dialogarán el autor, Gerardo Caetano y Julio María Sanguinetti. Tratándose de una novela, por más que se trate de una novela histórica, los dos últimos panelistas despiertan cierto escepticismo prejuicioso, por aquello de la historia y la política en desmedro de la literatura. Sin embargo…
Apenas inicia la charla Gerardo Caetano y comienza luego a terciar en el contrapunto Sanguinetti, prejuicios y escepticismos vuelan sin más por los aires ante la amenidad, la inteligencia, y el despliegue histórico, político y cultural de ambos. Por supuesto, son figuras tan conocidas que ya los hemos escuchado una y mil veces, pero hay que verlos y oírlos allí, reunidos con todo el fuego del intelecto alrededor del libro de Burel. No es justo decir que sea un contrapunto; se trata de una redondilla en términos truqueros, una roda do samba en términos de tropicalia musical brasilera: las intervenciones del autor, muy acertadas, permiten acotar las de esos dos pesos pesados al libro que los convoca. Se dicen tantas cosas para destacar; imposible enumerarlas. Se señala la destacadísima trayectoria de Brum como gobernante y como autor de grandes iniciativas legislativas, opacada y en un segundo plano por su trágico final. También el deslumbrante recibimiento en Cayo Hueso por buques, submarinos, hidroaviones y un caza norteamericanos al crucero “Montevideo” en el que Baltasar Brum viajó hasta Estados Unidos, ordenado por el Presidente Woodrow Wilson, reseñado en la novela y que Caetano y Sanguinetti evocan. Sanguinetti realiza la precisión de que Brum representó en su época para el partido colorado, la renovación, el brío, la fuerza y pujanza de la juventud y las nuevas ideas (derechos de la mujer, concepción agraria, panamericanismo, arbitraje obligatorio internacional). Gerardo Caetano relata ejemplos sobre Baltasar Brum como hombre de coraje y acción: sus dotes de jinete, sus duelos a pistola con Feliciano Viera y con Herrera, el enfrentamiento, siendo ministro del interior, en pleno congreso de la Asociación Rural mano a mano con su presidente Carlos Reyles, incluidos los gritos «Adiós, latifundistas» y «Adiós, idiota». Gerardo Caetano da respuesta a la interrogante que plantea la novela de qué esperaba Brum durante esas horas previas al desenlace, diciendo que no esperaba un apoyo de masas populares sino el de militares constitucionalistas como el Gral. Julio Cesar Martínez, con la extraordinaria visión de gran historiador de trasladarse a cuarenta años después para señalar que ese militar era el padre del también militar César Martínez, el general constitucionalista Comandante en Jefe del Ejército que el 9 de febrero de 1973 renunció al cargo ante el alzamiento de militares que desconocieron la autoridad del Ministro de Defensa Gral. Francese y del Presidente Bordaberry emitiendo los archifamosos comunicados 4 y 7. Sanguinetti analiza con lucidez el rol en la novela de las mujeres (esposa, madre, sobrina, hermana de Brum) de manera coral, en un segundo plano, cual coro de tragedia griega dialogando circunstancialmente con el personaje principal; y Gerardo Caetano cuestiona la fidedignidad respecto a la verdad histórica lanzando la estocada de por qué se afirma en la novela que Brum era masón, ¿era una invención o tenía respaldo documental o testimonial? En otro pasaje Gerardo Caetano, acompañando lo que se afirma en la novela, reflexiona sobre la vacuidad de que el edificio histórico de Río Branco 1394 sea hoy una locación del INAU con una plaquita anodina en su frente, contando que él había intentado aprender inglés en un instituto que otrora funcionó ahí, fascinado por esas paredes, piezas y escaleras por las que adivinaba ver a Brum y a Blanca, aludiendo al conjuro transformador de la literatura para convertir paredes y hechos del ayer en emociones y sentimientos para los hombres -lectores- de hoy.
Y mucho, muchísimo más. Es un acierto haber asistido con la novela leída para poder aquilatar en toda su dimensión y profundidad lo mucho que se dice, en una jornada memorable, con tres grandes de nuestra sociedad y de nuestra cultura. Hugo Burel remarca que la novela no se aparta un ápice de los hechos históricos; es una de sus preocupaciones a la hora de escribir, justificable más que nunca en este caso en que se trata de una novela histórica. Lo que resulta formidable es cómo se las arregla para que pese a ese corset (o corsé), la historia fluya tan bien como una ficción, jamás como un mero texto de hechos históricos, una bendición para el esforzado lector que se la devora de un tirón. El riesgo era el de contar la historia desde el punto de vista exclusivo del yo de Baltasar Brum. Se trata de un recurso narrativo que funciona, indudablemente efectivo, desde Yo, Claudio de Robert Graves y Memorias de Adriano de Margueritte Yourcenar (mencionados por Sanguinetti) a Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos, pero que en este caso constriñe la historia a un ámbito puramente subjetivo y deja fuera otras visiones y/o puntos de vista que pudieran haber enriquecido la historia como la visión de Blanca, o la de alguno de los amigos o correligionarios que acompañaron a Baltasar Brum, y hasta la del propio dictador, Terra. Es una singularidad de la obra: ante una historia de muchas posibilidades pero difícil de contar, el autor descartó como opción estética otras formas narrativas más plurales y caleidoscópicas, buscando un efecto de hiper concentración de narrador, punto de vista y personaje, que da unidad, ritmo y sostiene el relato sin decaer. Otro riesgo fue el de traer al presente a un intangible Brum y en un paseo por 18 de Julio ir reflexionando sobre el paisaje urbano, edificios, plazas, hechos ocurridos luego de su muerte y hechos de hoy en día: hay allí una mirada escéptica, la realidad actual suena a decadente; ¿es la visión del autor trasplantada a Brum? Todo indicaría que sí, y como siempre con ella coincidirá o no el lector; de ahí el riesgo, seguramente también asumido a conciencia por Hugo Burel. Sería de lamentar que las discrepancias y roces que eso pudiera provocar le restara al libro la importancia que tiene, la de haber traído al hoy, al presente, la figura extraordinaria de Baltasar Brum y su sacrificio inconmensurable; al punto que el título de la novela La calle del sacrificio es un acierto fenomenal (el subtítulo Las últimas horas de Baltasar Brum, puede ser justificable para la promoción y venta del libro, pero es completamente prescindible frente a un título tan bueno). Y en la trascendencia de poner el acento en el verdadero nudo gordiano de la tragedia: ¿cuál fue el verdadero sentido del sacrificio?, ¿lo tuvo?, ¿valió la pena?
El quiebre institucional de 1933 resquebrajó de tal manera la estructura cívica y democrática del país consolidada con la pacificación nacional luego de la última guerra civil de 1904, el batllismo y la construcción del Estado Social, y la trabajosa y hermosamente esculpida Constitución de 1918 fruto del pacto de los 8, con la incorporación del Colegiado en un Ejecutivo bicéfalo, la representación proporcional en el parlamento, el voto universal y secreto, y tantas otras cosas, que solo se explica por el contubernio golpista y antidemocrático de grupos políticos poderosos por su base electoral, el herrerismo y los colorados riveristas y vieristas. Frente a esas fuerzas con tal adhesión popular pocas esperanzas de alzamiento ciudadano podía tener Brum; y casi nulas también en cuanto a apoyo de fuerzas militares en las que primaban colorados afines al régimen. La fuerza de la novela es ponernos frente a un personaje de una inquebrantable convicción democrática y constitucionalista, de principios inalienables; eso fue lo que lo llevó al sacrificio. La novela plantea e indaga sobre otros factores: un estado de confusión e insanía mental fruto de la tensión del momento; la consecuencia tardía del trozo de mampostería que había golpeado la cabeza de Brum años antes; la egolatría obnubilada de un narcisista. Hay en su acción, es cierto, la persistencia de una forma del batallar político idealista y romántico, exaltado, con una épica del honor, que puede rastrearse en las crónicas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Pero las propias páginas de la novela que desarrollan los pensamientos del protagonista contienen la auténtica respuesta: Baltasar Brum se suicidó públicamente, en medio de la calle Río Branco, por esos principios y compromisos ético-políticos, para que su ejemplo solitario sirviera como guía y faro, y para acotar el tiempo de la dictadura. Y vaya si lo logró: como lo señala Sanguinetti con efusividad durante la charla, Brum supo arrojar su sangre a la cara del tirano y de los golpistas, y él sólo, con su inmolación, manchó para siempre la dictadura; aniquiló y extinguió política e históricamente al tirano: Gabriel Terra y su régimen ni perduraron ni tienen ninguna importancia hoy en día por sí mismos, y siempre los miraremos al trasluz del sacrificio de Brum, malditos por su sangre. Sobre el final Gerardo Caetano rememora que cuarenta años después de la tragedia, en la madrugada del 27 de junio de 1973 en los albores de un nuevo golpe de estado, en el Senado, Luis Hierro Gambardella volvió a enarbolar esa sangre frente a los alzados –nuevamente encabezados por un presidente, nuevamente colorado-. Y ello a su vez evoca que cuando se reinstaló el parlamento en 1985, el doctor Enrique Tarigo, indudablemente también bajo el influjo de Baltasar Brum, declaró que como Presidente del Senado y de la Asamblea General, tenía en un cajón de su despacho, un revólver para resistir en caso de un nuevo avasallamiento contra la Constitución y contra el Parlamento. Son los mejores batllistas, los que se integraron a la resistencia cívica, popular, silenciosa y pacífica, durante los largos once años de la última dictadura; es el espíritu de los que votaron por el NO en el glorioso plebiscito del 80, no los oprobiosos que votaron por el sí el plebiscito del 34 que santiguó al régimen dictatorial de Terra y compañía, con el senado del medio y medio y la repartija del poder con el herrerismo. Y es el triunfo postrero de Baltasar Brum, es lo que atiza la llama de la novela. Un martirologio evadido de límites partidarios, un ejemplo supremo de ofrenda a la república. Son para suscribir íntegramente las últimas palabras del escritor en la presentación, en cuanto a lo que representa la novela en términos de reafirmación de los principios democráticos y constitucionales en tiempos de decaecimiento global por mesiánicos cultivadores del personalismo grotesco y sin límites en el poder.
La política usualmente divide; la literatura, en cambio, une. Sin embargo, por una noche, política, historia y literatura unen a todos los presentes en el antiguo sótano en la rememoración de Baltasar Brum, en el amor irrestricto e incondicional a la libertad, a la democracia, al estado de derecho, en el respeto a la constitución.
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Hora 20:30. Todo ha terminado. Al salir a la noche, apagadas las voces, las imágenes, las emociones, solo queda el libro entre las manos. En un recatado, adusto, pero hermosísimo final con un dejo melancólico, una verónica inigualable por su maestría cierra la novela. Los anales históricos y políticos la habrán inspirado, pero es la literatura –el autor, su escritura- la que ha creado el texto, convocando y reviviendo al personaje, su voz, su mensaje: “Mientras los primeros rayos del sol de otoño iluminan la calle del sacrificio, voy regresando al lugar del que este texto me rescató para que les contara mis últimas horas”.


